Autor: Rafael León

El mar de Hierba. Entrevista con Luis Romero

Entrevista realizada por Rafael León en Bilbao el día 14 de junio de 2024.

Hola, Luis. ¿Qué es El mar de hierba?

El mar de hierba fue primero el título de un relato y luego pasó a ser también el título del libro.  Hace referencia a la estepa del Asia Central. Me gusta la imagen que contiene esa expresión. Creo que encaja muy bien con el libro, ya que veo el mar de hierba como algo lejano, no solo en la distancia sino también en el tiempo y en cierta medida como algo quimérico e imposible, porque como sabemos el mar está formado de agua y no de hierba; pero por eso mismo, por resultar algo difícilmente alcanzable, también resulta ilusionante. En el libro hay mucho de eso, de sueños, de proyectos, que parecen imposibles de lograr.

Acabas de publicar tu primer libro de relatos, El mar de hierba, en COLEMAN ediciones.  ¿Qué van a encontrar en este libro los lectores?

Van a encontrar diecinueve relatos agrupados en cuatro capítulos. Son relatos realistas, pero a la vez con un importante trasfondo que va más allá de la percepción de la realidad y que creo que ahondan en la intimidad de los personajes; hay quien dice incluso que contienen algunas dosis de surrealismo y creo que pueden estar acertados Están ambientados en diferentes lugares y los títulos de los capítulos corresponden en general a esos entornos; todos relacionados con los espacios por donde yo me muevo, como pueden ser la ciudad, el bosque o la costa.

¿En Bilbao y alrededores?

Bilbao se cita literalmente y hay referencias que todo el mundo conoce como son la ría o el Casco Viejo, pero también hay otras ubicaciones, otras ciudades incluso, reales o imaginarias.  De todas formas, he intentado que las ambientaciones se perciban con cierta ambigüedad, que el lector, independientemente de donde viva, pueda identificarse con ellas.

Cuéntanos un poco cuáles son tus influencias.

Mis influencias son muchas y la verdad es que creo que eso se aprecia en los relatos. Son cuentos que los he ido escribiendo a lo largo del tiempo, por lo que no he estado bajo el influjo de un escritor determinado, sino de varios, según el escritor que me entusiasmara en ese momento: desde Cortázar a Carver, desde luego Tobías Wolff o Richard Ford o incluso Kerouac , pero hay muchos más. Y aquí tengo que citar a Inés Mendoza escritora y profesora en la Escuela de Escritores de Madrid que ha tenido mucho que ver en mi formación como escritor.

¿Y qué tipos de relatos nos vamos a encontrar?

Relatos en los que aparecen personajes que en general carecen de algo, añoran cambiar de vida, hacer lo que de verdad desean, ser más libres, a veces regresar a algún momento del pasado donde piensan que fueron felices. Hay pasajes oscuros donde predomina el inconsciente, pero creo que la mayoría de ellos transmiten cierto optimismo y bueno, suele haber alguna sorpresa, aunque no son relatos que busquen impactar con giros inesperados, sino más bien ir calando en el lector desde el principio hasta el final.

Has citado a Tobías Wolff,

de él es la frase con la que abres el libro:

 

Sí, Tobías, es uno de los maestros del cuento contemporáneo y la frase creo que es muy buena y que le va muy bien al libro, porque como él dice todo lo que escribimos surge de la vida. Aunque pretendamos ser realistas, lo que se escribe no es la vida real, sino otra cosa, algo que tiene que ver con cómo percibe cada individuo las cosas que le ocurren y sobre todo algo que nace del recuerdo, que como sabemos es totalmente subjetivo.  Además, en mi caso, a lo que escribo le he añadido o suprimido lo que he considerado oportuno para contar lo que quería, aunque siempre tratando de resultar verosímil. A veces ocurre que la realidad no resulta verosímil y hay que reconstruirla literariamente para que al lector le parezca creíble. Se suele decir que una obra literaria está formada por una sucesión de mentiras narradas de forma bella que acaban contando alguna gran verdad, bueno, esa ha sido mi intención, que el lector disfrute y que al final del relato o durante, haya encontrado algo que le emocione y que le haga pensar.

¿Dices que a aquello en lo que te inspiras le añades o suprimes lo que necesitas para construir el relato, pero en que te inspiras?

En cosas muy variadas. Creo que cuando un escritor de ficción está en ese estado de ensoñación en el que se encuentra cuando lleva días, semanas o meses trabajando, cualquier estímulo puede desencadenar una historia. Hemingway decía que las partes buenas de un libro pueden ser algo que el escritor tuvo la suerte de escuchar por casualidad o puede ser el naufragio de toda su maldita vida y que cualquiera de las dos vale.

¿Y quiénes son los protagonistas de tus relatos?

La gente con la que nos encontramos por la calle. Gente que vive en la épica de la cotidianidad: trabajadores, universitarios, jóvenes ociosos, parejas, personas que buscan su camino sin importar la edad que tenga. Y todos ellos son protagonistas de historias que no pasarán a la posteridad. Sin embargo, yo creo que resultan extraordinarias y que se enmarcan en los temas universales que la literatura siempre ha tratado: el paso del tiempo, la muerte, la amistad, el hastío vital, el amor, el anhelo de la libertad, etc… Muchos de estos protagonistas desarrollan comportamientos heroicos en su día a día, pero claro, no ocupan las portadas de las revistas, como se decía antes, ahora habría que decir que sus videos no tienen muchos likes en Youtube , como ocurre con aquellas personas que han adquirido cierta relevancia social. En historia existe una disciplina conocida como microhistoria que trata de arrojar luz sobre los pequeños acontecimientos que se han quedado fuera de los libros de historia. Yo creo que estos cuentos son un poco eso, son microhistorias, pero literarias, no históricas.

Rafael y Luis en Bilbao después de una presentación

Rafael y Luis en Bilbao después de la entrevista

¿Pero de qué van tus cuentos? ¿Háblanos algo más sobre ellos?

Tienen argumentos muy variados. Quizás el primero relato del libro nos puede servir para ubicar algunos escenarios y personajes que van a aparecer en el libro. Este relato se titula el Cormorán y va sobre un chaval que vive en uno de los suburbios de la margen izquierda, cerca de la ría, cuando comienza a desmantelarse la gran industria en la década de los 80. Es un cuento que nos sitúa en un paisaje que en la actualidad casi ha desaparecido. Este relato habla un poco de eso, de la nostalgia por la juventud perdida, por los lugares perdidos, aunque fueran lugares donde no era fácil vivir.

Antes nos decías que este primer relato titulado el Cormorán podía ser un buen punto de partida para comprender mejor el resto. ¿En qué sentido?

Sí, lo comentaba porque a lo largo del libro nos vamos a reencontrar con estos chicos y chicas de barrio que pertenecieron al llamado Baby Boom de finales de los 60 y principios de los 70, que crecieron en estos espacios periféricos de ese Bilbao sucio y feo. Cuando estos chavales y chavalas crecen son ya adultos que pertenecen a la clase media y en general viven mejor de lo que vivieron sus padres; ahora tienen otras problemáticas como por ejemplo un desesperante hastío vital por una vida que no sienten como plena. Anhelan cambiar de vida, pero en general no se atreven a dar ese paso de ruptura que creen que necesitan y eso les hace estar siempre insatisfechos.

Aunque también hay relatos que se sale de este guion, como en el caso de El Mapa, donde el protagonista es un hombre a punto de jubilarse.

Cuando uno lee el libro se da cuenta de que en casi todos los relatos aparece algún animal, ¿es algo buscado?

Forman parte de mi manera de ver el mundo y por eso están ahí. Creo que es algo que ocurre por el respeto que siento por ellos. Es verdad que hay bastantes referencias al mundo animal: Los ojos del pulpo, el funeral y sobre todo en el Bunker, cuya trama se desarrolla en un bosque y pertenece al grupo de relatos titulado la Espesura. Pero sí, creo que es un tema fundamental en el libro, que de alguna manera a muchos de los personajes les gustaría llevar una vida más natural, más libre, menos civilizada, porque el exceso de civismo puede llegar a paralizar; pienso que necesitamos tener algún componente no racional en nuestras vidas, un comportamiento más animal, en el buen sentido de la palabra, seguramente seriamos más felices.

Bueno Luis, como despedida, cuéntanos que es lo que esperas de este libro

En primer lugar, me gustaría que los lectores disfruten con su lectura y que lo completen con su forma de entenderlo, porque un libro no está completo hasta que alguien lo lee y lo hace suyo. Pero también me gustaría que percibieran el libro como un homenaje a la gente de la calle, a la gente que, como digo, vive la épica de la cotidianidad. Como sabemos, no todo es bonito en la vida, los protagonistas de los relatos del libro son a la vez héroes y antihéroes y creo que es así como somos la gente real; no somos santos, llevamos siempre una sombra con nosotros. Sin embargo, algunas de estas personas muestran un extraordinario valor. Son nadadores que suelen ir a contracorriente de la sociedad y por eso mismo muchas veces caen en contradicciones internas que les hacen ser infelices. A veces esa rebeldía se manifiesta, simplemente, en una mirada diferente sobre los hechos que ocurren o en un comportamiento que puede parecer estrafalario. Esa actitud creo que da contenido a la vida de los personajes de los relatos y también pienso que algo parecido ocurre en la realidad. Para esta clase de héroe cotidiano, generalmente inconsciente de su propia heroicidad, lo importante es el viaje y no tanto el destino final. Si se llega al destino final y se logra ser lo que la sociedad proclama que son las personas de éxito, estupendo, pero si no es así, el viaje habrá merecido tanto o más la pena. Creo que estas personas, desde su anonimato, consiguen que el mundo sea un lugar un poco más decente y desde luego mucho más interesante. Y bueno, dentro de mis posibilidades, he pretendido con este libro dar visibilidad a estos personajes anónimos y por qué no, que los lectores se reconozcan en ellos si fuera el caso.

Arte urbano (3)

Tercera parte

David de la Fuente

A la mañana siguiente era más allá del mediodía cuando abrí el ojo. Se escuchaba a Rocío Dúrcal a todo trapo que salía desde la habitación de las niñas. Alcé la mirada y vi a Toni con una sonrisa de oreja a oreja entonando la canción «Me gustas mucho» sin disimulo. La madre andaba de recados. Nos tomamos unos dulces que había dejado perfectamente dispuestos sobre la mesa y un café que acababa de preparar Marieta. Al pasar al baño para una ducha muy necesaria olí unas lentejas que hervían a fuego lento. Date prisa, que vamos mal de tiempo y estoy inspirado —me dijo Toni alentándome con las manos—. Tengo todo dispuesto, y antes de comer le vamos a meter un buen meneo a la pared —agregó. Toni vio lo pintado, hizo un encuadre del muro y cogió un spray en cada mano. Empezó a moverse como un bailador flamenco. Se iba y se venía buscando diferentes enfoques. La piedra parecía cobrar vida y aquellos troncos que buscaban la luz encontraron el fuego solar; relojes retorcidos jugaban en columpios de madera con las manecillas lánguidas simulando un tiempo detenido; un azul cobalto bajaba veloz por la cascada desembocando en un lago helado que te hacía tiritar de frío; un camino de piedra conducía a un refugio con vigas de chocolate y tejas de algodón… En eso llegó la María con dos bolsas de paja por donde asomaban unos puerros, dos barras de pan de pueblo y un puñado enmarañado de hojas verdes acompañado, parecía, de zanahorias. Esta noche toca verdura para desengrasar el cuerpo… ¡Pero, virgen de los Remedios! —exclamó con los brazos abiertos—. ¡Qué te pece! ¡Qué locura y qué precioso! —gritaba con lágrimas en los ojos. Toni se encendió un cigarro y dijo: «Todavía queda lo mejor. Si no le importa a usted, he percibido un olor a queso manchego que acompañará muy bien a este vino de la tierra que tenía en la mochila para momentos especiales».  Ya mismico —se apresuró a decir la María. Sacamos unas sillas y nos sentamos debajo del chopo a tomar el aperitivo mientras las lentejas se terminan de ligar —propuso desde su nube grafitera. Niñas, vamos con las sillas y coged la mesita del cobertizo… no vayamos a tirar el vino al suelo. Niño —dirigiéndose a mí— trae cinco vasos de chato y apaga las lentejas, no se nos vayan a agarrar —mandó, acelerada, la María. Tomamos los cinco el aperitivo hasta que acabamos la botella de vino mientras comentábamos los dibujos en la pared, sin salir de nuestro asombro. Esta tarde rematamos la faena, y mañana damos los retoques para que luzca en todo el pueblo. Tengo pensado un puerto para aquella esquina… Tú harás los peces y el espigón —me dijo. Haré lo que me pida, maestro ―añadí, engalanado, agradeciendo la oportunidad. Pasó la tarde en un suspiro dándole vida a esa pared que parecía otra. Ya sonaban los acordes del final de las fiestas cuando la María nos llamó a cenar. En los postres nos miró a los cuatro y preguntó: «¿Hoy no toca jarana?». Nos miramos y entonces dijo Lola: «A ver los fuegos de artificio sí que iremos, pero rápido al sobre que ayer fue una noche muy larga». Más para algunas —añadió la hermana. A los cuatro se nos escapó una mueca de complicidad cuando su madre no miraba. Los fuegos artificiales iluminaron nuestros rostros ya de por sí radiantes y, tras un paseo por todo el pueblo, con un relente impropio de esas fechas, regresamos a casa para esa noche sí, descansar y dormir a pierna suelta.

Tanto Toni como yo nos levantamos bastante temprano. No eran ni las diez y ya estaba todo limpio y recogido, el desayuno puesto y las niñas bien dormidas. Me fui a duchar mientras Toni desayunaba. El baño estaba junto a la cocina y era un gua: una bañera custodiada por dos barreños para calentar el agua directa de los fogones de la cocina; un váter con prendas de terciopelo de lo más pintonas y cómodas, pero que jamás había visto; al final, un lavabo sacado de una casita de muñecas. Eso era todo, pero yo me sentía como en palacio. Mientras se duchaba Toni salí al corral y vi a los gorriones muy laboriosos e inquietos antes de que hiciera calor. Me salió del alma un chupí, chupí, chupí... Los pajarillos se excitaron y revolotearon sobre mi cabeza y sentía que me respondían: «Pichí, pichí». No hagamos ruido, no vayamos a despertar a las niñas. Cógete estos cuatro botes y empieza con los peces, que quiero verlos nadar en esa pared. Tengo el cuerpo quijotesco, así que el puerto será un molino —dijo mientras dibujaba en el aire con sus dedos. Trazo va, trazo viene y bote tras bote fuimos vistiendo definitivamente la pared hasta dejarla perfecta. Finalmente, en un borde cupo lo poco de spray negro que le quedaba y sobre blanco estampó su firma: Antonie. Al lado contrario, en otro pequeño hueco, sellé mi impronta con el beneplácito del maestro: Giuliano. A&G, me gusta el conjunto —sugirió Toni. En eso llegó la María y con los ojos húmedos y las manos en la cabeza exclamó a gritos: «¡Santa y Divina! ¡Es una obra de arte! No me salen las palabras para tanto agradecimiento, rotundamente os lo digo. Niñas, niñas, niñas…, salid corriendo para ver esto con vuestros propios ojos». Las dos salieron atropelladas y en pijama para abrazarse las dos por igual y llorar al unísono junto a su madre. Toni se quedó absorto en su obra hasta que los cuatro le rodeamos y le besamos sacándole de su estado de éxtasis. Pues parece que voy teniendo gana —comentó. Inmediatamente las tres se pusieron manos a la obra y en menos que canta un gallo teníamos dispuestos varios alimentos y vino. Tengo incluso cava añejo para las grandes ocasiones y este es el momento perfecto —soltó la madre, notablemente emocionada. Tras una comida envuelta en arte y risas, Toni miró a los ojos a la María y le dijo: «Ha sido usted como una madre para nosotros. Hemos disfrutado más de lo que hubiera soñado. Mi corazón es vuestro y lo será para siempre… Pero tenemos que marchar (las tres empezaron a temblar de repente). No se pongan tristes, volveremos. No nos queda material de pintura y creo que el cobertizo podría tener un aspecto más destacado; una mano de pintura de brocha gorda le vendría muy bien a la fachada y a esos robustos muros que lo están pidiendo a gritos; además, tengo algún proyecto para el corral que ahora no viene al caso —mientras miraba a Lola—. Antes de que finalice el verano volveremos a disfrutar con ustedes tanto o más que hasta ahora». La María no podía articular la voz y la mayor no podía ni mover un músculo… hasta que Marieta dijo: «Pues el primer fin de semana de septiembre es temporada de uva y además hay romería». Las dos miraron a Toni expectantes. Perfecto, me parece una fecha ideal y con una luz interesante —añadió Toni—. Al atardecer sale el tren para Cuenca. Y ahora, ¡brindemos por ustedes, que son la luz que alumbra nuestro camino y la esperanza de una sociedad cruel! —gritó al cielo alzando su copa de vino y abriendo los brazos para recibir un abrazo fuerte. En eso apareció Juan, guardia civil del pueblo, junto al sargento. Buenas tardes, Juan —dijo la madre asombrada con la inusual e inesperada visita. Buenas, Maruja —dijo Juan con voz cazallera mirándola de soslayo—. ¿Quién es el responsable de esto? ―preguntó Juan señalando el muro con desgana. Yo soy el responsable —dijo Toni mientras se incorporaba. Documentación… ¡Documentación, coño! —exclamó. Se la dio, la cotejó y sacó la libreta de las denuncias. Por el artículo cuarto de la Ordenanza de Limpiezas de Espacios Públicos y Residuos tengo que proponerle para sanción —deletreó OLEPR haciendo hincapié en cada letra con suficiencia y recochineo (por manchar la vía pública por si no me has comprendido, perroflauta)—. Por ocupación de viales con productos indecentes, según la ordenanza de Ocupación de Bienes de Dominio Público en su artículo seis (por dejar todo hecho una mierda en este cristiano y decoroso pueblo, resumiendo un poco para ignorantes, bonico del to). Por pornografía visible en estas pintadas con su firma y reconocimiento, según reza la Ley de Exhibición y Decoro. Cuando Toni hizo amago de increpar, saltó el guardia ordenando silencio. Y finalmente, por la Ley de Vagos y Maleantes —sentenció Juan mientras se acomodaba sus partes nobles. Toni se quedó perplejo… entonces salió la María en defensa: «Esto es un engaño manifiesto. Estas hermosas pinturas las encargué yo misma a este muchacho y como es mi muro, pues hago lo que me dé la regalada gana. No manchó nada porque es muy escrupuloso y si algo quedara salgo ahora mismo y lo recojo. ¡Qué te esté peciendo! Es un artista». ¡Es un comunista! —exclamó Juan. Las otras dos leyes, con el respeto que me merece, son del pasado, de un oscuro pasado, agente —dijo Toni con toda cautela. Pues tú, zamarro, las tendrás muy presentes desde ahora mismo. Lo tienes tan oscuro como mis cojones —espetó Juan. El sargento intentaba bajar los ánimos de Juan restando importancia al asunto. La María, con lágrimas en los ojos, intentaba hacerle ver que era su responsabilidad y que el chico era bueno e inocente. Por favor, Juan, que somos familia —suplicó María. ¿Familia? —escupiendo al suelo—. Tú lo que eres es una mierda pinchada en un palo que no tienes donde caerte muerta y que vas limpiando la porquería de los demás y los ojetes de las viejas para darle una comida caliente a esas dos desgraciadas, que son más putas que las gallinas —sentenció Juan llevándose la mano a la cartuchera. ¡Mangurrián! —clamó al cielo la María con las manos como si fuera a rezar. No le meto un tiro al maricón este y al tonto del pijo de su amiguito porque mi Paquita me acaba de planchar el uniforme y me lo voy a manchar, pero ganas no me faltan. En otra época estarías criando malvas… y tu amiguita encima dándote por el culo hasta la eternidad, enterrados en cualquier zanja que se me pusiera en las pelotas —aseguró el agente Juan con la mirada perdida. Es usted lo más maleducado que he visto en mi vida. No solo por nosotros sino tildando de esa forma a estas mujeres y manchando el uniforme que viste de la muy honorable Guardia Civil —respondió Toni con atrevimiento pero con prudencia—. La ignorancia es la semilla de todo mal —agregó con tono filosófico. Antes de decir Platón, se acercó Juan repentinamente y le arreó un culatazo con la pistola que le hizo caer al suelo con la cara ya ensangrentada. ¡No nombres al cuerpo con esa boca de pecado! Blasfemo y Satanás —añadió con los ojos encendidos y fuera de órbita—. He dicho toda la verdad y me contuve mucho. Por cierto, a esa obra de arte que tú llamas voy a venir a cagar todas las noches porque es un estercolero y una mancha infernal —amenazó Juan, mientras realizaba gestos obscenos. Entonces se agachó, cogió un spray del suelo y realizó unas rayas por el dibujo sin ton ni son. De repente, Toni se levantó con mucho brío y se abalanzó sobre él. Los dos cayeron al suelo dando varias vueltas entrelazados. Rápidamente intervino el sargento y, arma en mano, ordenó a Toni levantarse y alejarse del agente Juan. Le costó varios intentos ponerse en pie y cuando Juan lo consiguió, sacó su arma y apuntó a un metro de distancia tomando incluso un elemento de puntería, la cabeza de Toni. Tontochorra, vete despidiendo de tu novio—le amenazó. Lanzó un tiro al aire e inmediatamente otro directo al grafiti, que rebotó e hirió en el brazo a un joven que resultó ser su propio hijo, que venía apresurado para calmar a su padre. ¡Le ha dado al Hebillas! —señalando la muchedumbre al mozo. Un grito angustioso del público y otro de auxilio desconsolado (el de la propia Paquita, que bramaba viendo sangrar a su hijo); entonces varios vecinos fueron a auxiliar al muchacho, que yacía con el hombro ensangrentado. ¡A la casa de socorro, a la casa de socorro! —chillaban unas señoras. El sargento comprobó que la situación se le había ido de las manos y advirtió que a la escena se le había unido ya casi todo el pueblo. Fue entonces cuando apuntó directamente a Juan. Baja el arma, tírala al suelo y apártala con el pie ―ordenó el sargento. Y una mierda —este marica muere aquí. ¡Tira el arma ya, Juan! ¡No me seas pollino! ¡Mira la que estás liando! ¡Le has dado a tu propio hijo! —exclamaba el sargento a voz en grito. ¡Odo! Mi hijo… mi hijo es un bastardo hijo de puta, y maricona para más señas —sentenció Juan. ¡Tira el arma, copón, es una orden! —insistió el sargento. Entonces a Juan se le encendió la única bombilla que le quedaba en el cerebro, miró fijamente al sargento y tiró el arma. Atrás, Juan. ¡Atrás, Juan Canuto Olivares! —le seguía ordenando sin dejar de apuntarle mientras se acercaba a recoger su arma―. ¡Ponte de rodillas y los brazos donde pueda verlos! —exigió mientras sacaba, trémulo, las esposas. Para entonces yo ya me había meado dos veces en los pantalones. En ese instante se escucharon sirenas y llegaron dos patrullas más. Viendo que la situación estaba controlada, hablaron con el sargento y metieron a Toni en un coche y al agente Juan en el otro. Lola, con la voz entrecortada, preguntó dónde lo llevaban. Vamos al cuartel general de Cuenca capital. Estará bien, pero tendremos que tomarle declaración y pasará un rato en el calabozo —contestó. ¿Esposado? —preguntó la joven. Es el protocolo —respondió el agente—. Pronto regresará a casa. Descuide. Somos profesionales ―agregó mientras le ponía la mano sobre el hombro. Él no hizo nada y necesita un médico, que mire cómo sangra, por el amor de Dios —sugirió Lola. Tranquila, que estará en buenas manos. Si le hiciera falta… vendría incluso el practicante —finalizó el agente mientras se retiraba. Cuando a Toni le agachaban la cabeza para meterlo en el patrulla de la Benemérita, nos guiñó un ojo y nos hizo un gesto con la cabeza para que tuviéramos calma y acabó diciendo: «Ea, ya os adelanté que esta tarde me iba para Cuenca. Julián, quédate con ellas esta noche que te van a necesitar más que yo. Nos vemos pasado mañana en la tienda de Miguel. Ah, y arregla el muro que rayaron. Estaré bien». Según doblaba el coche policial la esquina de la calle del Santísimo Sacramento, la María cayó desplomada al suelo ante el grito desgarrador de sus dos hijas.

Volver a la parte 2

David de la Fuente «Chingu»


David de la Fuente es un escritor conquense y turbo. Licenciado en copla, textos inacabados e intermitentes. Aprendiz del método Karim Tirilov (observatio) y del  Jameson Cunit (inspiratio). Amante de la Literatura, enamorado de la Astronomía, aunque siempre le da calabazas por la dichosa Física, y filósofo cuando está en penumbra o con luna nueva. Desastre en el tiempo. Padre, hijo y Espíritu Santo de Maradona. Lucía Soledad.

Arte urbano (1)

Primera parte

David de la Fuente

Nací en la madrugada de san Julián, patrón de Cuenca. Según asomaba el cogote… sentí el frío siberiano de los inviernos conquenses. Ya desde muy pequeño jugaba a colorear todo lo que me rodeaba: dibujos en blanco perfilados con negro acababan llenos de luz; las paredes de mi cuarto eran un collage de trazos, colores y garabatos; en mi ropa siempre asomaba algún dibujo desteñido por la lavadora… Todo esto a mis padres se les llevaban los demonios, aunque el ratón Pérez siempre cambiaba mis dientes por pinturas de todo tipo: lapiceros, ceras, rotuladores, pinceles, tizas, etcétera. Según crecía buscaba lienzos más grandes y fui practicando en otras estancias de la casa creando un hogar multicolor al que mis padres acabaron por acostumbrarse sin torcer mucho el hocico. Pese a mis malos resultados académicos y las amenazas de llamar al pintor, que para mí era como el hombre del saco, mis padres siempre cuchicheaban sin tocar nada de mis infantiles creaciones. Repetí tanto quinto como séptimo, así que mi etapa escolar en el Fray Luis de León de la capital conquense pasó con más pena que gloria, pero con mucho color. Mi salto al instituto Fernando Zóbel fue sin duda un gran descubrimiento, sobre todo de mí mismo y de la historia de la humanidad, que cambió para siempre mi relación con el arte. Comprendí que si nuestros antepasados pintaban las cuevas con pocos recursos y mucha imaginación es porque en esencia nuestra especie es arte; y de todas las ramas artísticas que adornan nuestro ser sin duda la primera fue la pintura.

Mis primeros dibujos en el instituto fueron en mi pupitre: amaneceres y atardeceres con riachuelos que descendían veloces por las montañas, caricaturas de profesores, el Cristo de la Agonía o chicas jugando al churro, media manga y manga entera. El primer trimestre el equipo de limpieza se afanaba en volver a dejar verde mi pupitre con un líquido maligno que borraba todas mis creaciones. Poco a poco mi particular visión artística empezó a penetrar en ese equipo que dejaba las mesas como espejos y la mía seguía como la había decorado. Empezaba a hacer calor cuando conocí a Toni y fue entonces cuando mis pinturas empezaron a expresarse con toda libertad.

Toni era un joven de tercero de BUP que había repetido en varias ocasiones. No aparecía demasiado por las clases, sobre todo a primera hora; llegaba con un cigarro y una mochila ligera repleta de todo tipo de pinturas cuando el primer recreo ya había comenzado. Todas las chicas le esperaban al final de las escaleras. Pintor en la sombra fue como se presentó la primera vez. Me chocó la mano y sentí toda su energía. Esa misma mañana mi vida dio un cambio radical dejándome llevar por un torrente artístico guiado por el que sería mi maestro. Se quedó sorprendido al ver mi cuaderno y orgulloso al ver mi pupitre. Cuando la plasticidad penetra en el alma del que la contempla es cuando permanece por los siglos de los siglos —me dijo solemnemente. Pasé de curso por los pelos, lo cual me dio vía libre con mis padres para disfrutar del mejor verano de mi vida.

Cogí cuatro cosas mal tiradas en el petate, con dos mil duros en el bolsillo: todas mis pinturas, saco, esterilla y la camiseta de los conciertos. Quedé con Toni a las once de la mañana en la estación única y central de Cuenca capital para coger la tartana que hacía parada en todos los pueblos de la provincia, por pequeños que fueran. El plan era patear la sierra y conocer los pueblos manchegos para indagar en su cultura, sobre todo la musical. Toni llevaba el calendario de fiestas populares en el bolsillo de la camisa e iba haciendo un croquis explicándome los pormenores de cada desplazamiento, como si fuéramos los productores de los Beatles antes de una gira. Nuestro primer concierto fue en Villar del Humo. Toni me quiso enseñar antes la Selva Pascuala para contemplar las primeras pinturas del arte rupestre mediterráneo. Ese lugar era tan recóndito como especial; las pinturas estaban ligeramente protegidas en profundas cuevas debajo de un mar de piedras areniscas, gigantes y rojas, que se incrustaban y sobresalían del monte de una forma irregular con tanto azar como el nuestro por contemplar un atardecer encima de un pedrusco. Jaras, pinos resineros, helechos y romeros rodeaban los estrechos senderos que conducían de pintura a pintura. Era como si nosotros fuésemos los primeros en pisar aquel lugar desde los homínidos. Dormimos una noche al abrigo de esas cuevas perdidos entre el humo de la hoguera y de varios petardos que Toni siempre llevaba en la mochila, junto con algún libro de Filosofía y Astronomía (sus otras dos pasiones). Esa madrugada el cielo nos regaló un lienzo inolvidable: se podía contemplar a simple vista el centro de la Vía Láctea. Toni me hablaba de algunas constelaciones que eran como dibujos de estrellas que estaban colocadas de tal manera que formaban imágenes de leones, pegasos o escorpiones, aunque esas estrellas no pertenecieran a la misma galaxia o estuvieran lejanas unas de las otras. ¿Es grande el Universo? —le pregunté. El Universo es tan grande que lo más cercano está literalmente a tomar por el culo; el Sistema Solar digamos que sería como el barrio de san Antón, pues nuestra galaxia sería como el planeta Tierra. De este modo, el Universo sería como miles de millones de veces y vivirías en el barrio sin opción alguna de ir a cualquier lugar. Para cruzar nuestra galaxia (dar la vuelta al mundo, para que me entiendas) te llevaría unos doscientos mil años a la velocidad de la luz. Ir a la galaxia más cercana: Andrómeda, pues unos dos millones. En términos astronómicos, ir al instituto equivaldría a cientos de años ―se explicó Toni desde el púlpito de la sabiduría galáctica. ¡Jesús, María y José! —le dije mirando absorto al cielo. Mira hacia el noroeste —añadió Toni indicándome con el dedo—. Ahí, en forma de “K”, verás la constelación de Perseo; Mirfak, la estrella más brillante, supondría juntar la luz de casi diez mil soles. A medio palmo de tu mano encontrarás tan tímida como importarte la estrella Polar, brújula para navegantes. Perseo mató a Medusa, que petrificaba con su mirada, y de su muerte nació Pegaso —puntualizó mientras daba la última calada al cigarro. Se hizo un silencio mitológico. La luna salía de su ciclo de entera y el espectáculo fue para recordarlo siempre; dormir junto a las primeras expresiones artísticas de nuestra especie, trazadas con sus propias manos y su propia sangre, con el abrigo de un manto de estrellas que, como siempre decía Toni, eran nuestra cuna. Algo que inmediatamente me llevó a un sueño abisal, pero que tardé tiempo en comprender.

Don Quijote y Sancho Panza por Pablo Picasso

Dormí tan profundo que únicamente los rayos de sol me hicieron levantar la mirada. Solo entonces me incorporé y le vi asearse como su madre le trajo a este mundo en una pequeña fuente de la que manaba agua a cuentagotas. Toni era un joven saludable. Lucía una media melena desaliñada color miel salpicada por unas mechas naturales y onduladas que simulaban a varios trigales en verano amarrándose a su pelo. Una trenza de colores caía sobre su espalda maciza hasta un tatuaje que recordaba mucho al Don Quijote de Picasso. Tez morena, casi bronceada, con cejas muy expresivas y poco pobladas que hacían que el verde oliva de sus ojazos destacara como dos farolas alumbrando una calle en penumbra en una noche de invierno. Unas pestañas que parecían no acabar nunca y que podrían peinarse con un rastrillo de labranza; y una nariz perfecta, como esculpida por cualquier escultor grecolatino. Las orejas parecían dos níscalos en otoño engalanadas con un pendiente minúsculo y brillante sobre su lóbulo izquierdo. Los labios eran tan carnosos que recordaban a dos fresones maduros en una tormenta de primavera, y cuando sonreía le salían sendos hoyuelos en las mejillas que destacaban incluso por encima de la barba de tres días; sin obviar una hilera alineada de dientes que simulaban a las mejores perlas del Pacífico, proyectadas por la mejor arquitecta técnica. Su cuerpo no necesitaba mucho aderezo, pero llevaba varios collares tribales y unas pulseras de cuero en la muñeca y el tobillo. Su tren superior estaba ligeramente marcado y en sus brazos, potentes, residía el nervio. No tenía una tabla de lavar la ropa en la tripa, pero no se percibía ni un gramo de grasa. El tren inferior no era menos potente y parecía que había heredado los pies de la mismísima Cleopatra. Yo siempre pensaba que descendía directamente de la costilla de un hoplita. Con esta vista de pájaro se percibía claramente un culo respingón y bien armado. Apenas tenía vello en todo su cuerpo serrano. Sus partes nobles retaban a la gravedad y las podría haber firmado cualquier hombre. Cabeza de Adonis con un cuerpo navarro. Si Paul Newman fuese su hermano… sin duda él sería el feo. Ahí me quedé como una ardilla hasta que Toni terminó de vestirse con unos pantalones pirata de lino negros que disimulaban las arrugas de una tela ingobernable (como siempre dice mi madre), unas alpargatas marrones y una camisa sin mangas de cuadros azules y blancos. Entonces me miró e hizo gestos para que bajara, pero estaba tan impactado que tuvo que darme una voz que sonó en todo el valle, aunque la disfruté como si ahí estuviera cantando María Callas. Ve aseándote, copón… y recoge los bártulos, que voy a correr unos minutos —me gritó desde la fuente—. Enseguida regreso y cogemos fuerza para la vuelta al pueblo —añadió. Con la primera zancada me vino a la mente Michael Johnson, que acabada de ganar el oro en los JJ. OO. de Atlanta 96, y realicé una reflexión al aire puro y despejado que corría entre esas piedras y madroños: «¿Sudará colonia?». Tras mi aseo de gato, desayunamos unos frutos secos y un café achicoria que me dio fuerza suficiente para afrontar la larga caminata hasta el pueblo para asistir a los festejos populares del pueblo más principal de la comarca.

Llegamos caninos, casi ladrando, directos al bar del pueblo para almorzar: dos huevos con panceta, patatas con bien de pan y vino, flan y chupito de orujo blanco seco. Salimos al poyete para ver pasar a la Virgen mientras nos pasábamos nuestro primer cigarro compartido. La banda tocaba alegres marchas religiosas y la Virgen llevaba un ritmo envidiable. Los lugareños sobre todo nos examinaban para, poco después, saludar subiendo ligeramente la cabeza; mientras tanto, ellas murmuraban y sonreían. En ese instante paró la Virgen delante de nosotros para ver a Toni. Esperó unos minutos a que se apagara el cigarro y, tras dos golpes de horquilla, se escuchó: «Al cielo con ella». Y salió escopetada a hombros de los banceros hasta perderla de vista. Se hizo un silencio y entonces Toni miró al horizonte y vio unos muros desnudos que escondían un solar repleto de cardos y espigas a la sombra de un árbol enorme. Señaló con su dedo índice después de subirse de un brinco a una silla, que me recordó de inmediato a san Juan Evangelista, y dijo: «Será allí. Siento que ese muro me está llamando. Está desnudo y seré la aguja y el dedal». Cogió la mochila, trazó con las palmas de la mano las dimensiones del muro y sacó de súbito media docena de sprays. Pintaba, difuminaba y alternaba volúmenes con destreza. Era mi primera experiencia con ese tipo de pintura y se convirtió entonces en una lección que nunca olvidaré. Antes de la verbena aquella pared triste y afligida empezó a tomar vida: brazos que salían de los troncos de unos árboles retorcidos hasta el cielo negro rodeaban una figura de luz celestial. Suena la primera pieza y tengo ganas de verbena —suspiró—. Hazte uno gordo, que tengo el cuerpo bailongo ―sentenció mientras guardaba los bártulos en su mochila.

Continuará.
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David de la Fuente «Chingu»


David de la Fuente es un escritor conquense y turbo. Licenciado en copla, textos inacabados e intermitentes. Aprendiz del método Karim Tirilov (observatio) y del  Jameson Cunit (inspiratio). Amante de la Literatura, enamorado de la Astronomía, aunque siempre le da calabazas por la dichosa Física, y filósofo cuando está en penumbra o con luna nueva. Desastre en el tiempo. Padre, hijo y Espíritu Santo de Maradona. Lucía Soledad.

Arte urbano (2)

Segunda parte

David de la Fuente

Aquella noche veraniega del 96 bailamos lo que no está escrito; hicimos hasta un pasacalles con danzas populares y nos pusimos de zurra hasta las manillas. Protestamos incluso cuando dejaron de tocar los músicos casi al alba. Como no habíamos pillado cacho nos tocó dormir la mona cerca del muro pintado debajo de un chopo. Todavía en el primer sueño escuchamos la banda de música que acompañaba al Cristo del Amparo en procesión. Justo delante de la pintada que había hecho Toni el día anterior paró en seco el cortejo, pero no la música. El alcalde dio un paso al frente y con un golpe del bastón de mando hizo parar a la banda. ¡Quién ha pintado esto! —exclamó—. Dos ancianas se apresuraron a señalarnos con el dedo. Pues que se presenten ante mi persona ―sentenció entre aspavientos—. ¡Guardias a mí! —gritó. La autoridad nos despertó atropellada y nos ordenó presentarnos ante el regente. Esta misma tarde, capitano —dijo Toni con voz atormentada. ¡No, es ya mismo! Y soy cabo —añadió—. Os está esperando ahí —aseveró mientras señalaba con el dedo índice. Alzamos la vista y contemplamos con todo nuestro pedo al alcalde, las autoridades terrenales y divinas, junto con medio pueblo y un santo en andas. Nos levantamos, no sin dificultad, nos mesamos un poco los cabellos y sacudimos la ropa mientras nos dirigíamos hacia el alcalde. ¿Quién pintó esto? —preguntó el regente—. Levantó la mano Toni con cierto esfuerzo. Pues reconocido el delito delante de todo el pueblo, haga los honores mi cabo y saque usted la libretilla —ordenó. No teníamos fuerza ni parar protestar. Entonces apareció de la Nada una tal María que al parecer era dueña del descampado, de la casetilla al final del mismo y por ende del muro… y afirmó: «Señor alcalde, con el debido respeto, no hará falta denunciar a estos mozos que ayer disfrutaron de nuestras fiestas sin dar problema alguno porque fui yo la que encargó el mural a estos jóvenes a cambio de techo y comida para engalanar la calle y quitarle ese gris tan tormentoso. Si no llegaron a casa a dormirla es culpa de la zurra; si ese muro ahora tiene color es culpa mía y como es mío no hará falta sanción alguna. Así que vayan ustedes a casa a sudar la zurra y nosotros sigamos con la procesión que se nos va de hora la misa». El alcalde miró al cabo primera, el cual asintió conocedor de las ordenanzas municipales; luego hizo lo propio con su segundo, que torció amargamente el morro mientras se apartaba la capa dejando entrever un águila y cinco flechas; para acabar con el cura que tenía más ganas de sermón y vino que otra cosa. Viendo que todos asintieron, alzó la mano dirigiéndose a la banda de música y comenzó a sonar de nuevo marchando la procesión. La María nos indicó el camino y fuimos derechos sin pestañear. ¡Qué maja la señora! ―le dije a Toni mientras tomaba un buen sofá. Una santa —susurró Toni mientras caía a plomo en el otro.

El sonido de la cabecera del parte de las tres nos hizo despertar sobresaltados. Buenos días, señora. Y muchas gracias —soltamos al unísono. Vimos encima de la mesa redonda, adornada con un hule de colorines, un buen puchero y un pollo en pepitoria que levantaría a cualquier difunto. El saloncito era tan pequeño como acogedor: debajo de la mesa había un brasero y empotrada a la pared una estufa de leña, que teniendo en cuenta el fresco que hacía en verano, en pleno invierno tendría que quemar media carrasca por día para calentarse. La televisión presidía la estancia controlando la fuente de luz natural que se colaba por el ventanal. En ese momento entraron sus dos hijas en la sala de estar y se sentaron sin subir la mirada. Pues venga, coged esos dos taburetes que asoman de la cocina y vamos a comer —propuso la señora. Nos levantamos como dos resortes con un hambre canina y nos sentamos a cada lado de la madre. ¿Esperamos a su marido? —preguntó Toni. A mi marido no se le espera. Es una larga historia —decía mientras repartía pan de horno—. El señorito marchó hace casi dos lustros hacia la guerra y aquí seguimos esperándole —agregó. ¿Pero… a qué guerra? —pregunté intrigado. Pues eso digo yo —respondió la María—. Como por aquel entonces (bueno y ahora) había tantas guerras y era cabo primera en la infantería española con base en Albacete, pues no le hice cuentas. Yo al principio tranquila porque me enviaba postales de lugares muy lejanos, pero cuando pasaron varios meses sin noticias me presenté en su base a pedir explicaciones —nos contaba abiertamente mientras troceaba el pollo. Me recibió un brigada y me dijo que salieron de maniobras en Murcia, pero que no duraron ni un mes y que un día que le tocaba garita y corneta no apareció y lo dieron como desertor. No hemos tenido noticias y tampoco se le espera a menos que sea para dar cuentas al comandante que al principio le quiso abrir un consejo de guerra y ponerlo en busca y captura. Ese día se levantó tarde por primera vez en la historia, al no tener corneta, y no se lo perdona. Se le va pasando, aunque en la cantina todavía cuando se bebe cuatro chatos se lo llevan los demonios. Dígale que por su bien no aparezca por aquí —terminó con la advertencia. Pues yo lo sigo esperando porque salió con el petate lleno y bien de cuartos para la guerra. Alguna postal de lugares con mucha arena y decía que muchas penurias y mucho dolor —le contaba al brigada condolida. Hace muchos años que no vamos a la guerra, gracias a Dios —replicó el brigada. Si me dice usted que me lo trae ahora en una caja o metido en una urna, pues me lo llevo y descansamos todos. Pero que me diga que no está ni sabe dónde me descoloca rotundamente. Tiramos de ahorros (los pocos que nos dejó), pero ya no da la gallina muchos huevos. Y mi madre no es precisamente rica, mire usted. Y digo yo que aquí no le deberán algo por los servicios prestados —sugerí para al menos pagar el autobús de regreso. ¡Algo! —exclamó el brigada—. Aquí más bien debe… Y encima se fue con la corneta. Pintan bastos para él como pise este cuartel o esta provincia, le digo más. Por el culo es lo mejor que le espera en esta tierra, dicho con todo el respeto que me merece usted —sentenció el brigada. Virgen de los Remedios —respondí mientras me echaba las manos a la cabeza. Pues vaya usted con Dios —le dije como despedida. Lo dicho, señora —se despidió el brigada con un saludo castrense. Desde entonces me puse de fregona para dar de comer a mis hijas y poco más. Mi madre me ayuda con lo poco que puede y ya podéis ver lo humilde de la casa y el corral con cuatro gallinas y algunos gatos que van y vienen. No hay más cera que la que arde —finalizó la María cruzándose de brazos. ¿Y la familia? —preguntó Toni. Mi familia son mis dos hijas: Dolores y Marieta —respondió con plena satisfacción—. No me castigue Dios si no digo que tengo dos hermanas y un hermano pequeño casado con una mujer diez veces él. A ellas las veo en casa de mi madre sobre todo en Navidad para recibir el aguinaldo; y a él la última vez que lo vi iba detrás de una de las piernas de su señora y apenas lo distinguí. Mi hermana Rosa vive en Cuenca como mi hermano Jacinto… y Remedios de los Dolores (los dos soltamos una ligera risa). Sí, lo sé, a mí también me pasaba (cosas de mi padre que en paz descanse: católico y jardinero)… pues vive en el pueblo, pero todo el mundo la conoce como Paquita: sale a misa, a la compra y a tomarse una gaseosa los domingos siempre que su marido Juan, guardia civil de tricornio, capa y hundido en el pasado, no está de retén o corrigiendo a su pobre hijo, que le llaman el Hebillas, no te digo más. A mi hermana la saca a pasear muy peripuesta y luego la mete en casa; después vuelve al bar a jugarse el sueldo en vicios y alcohol. Dicen que le hicieron del cuerpo por algunos «méritos» de posguerra. La última vez que vi sonreír a mi hermana Paquita tenía veinte años. Apenas habla cuando nos cruzamos o nos encontramos en el mercadillo; frecuentemente va muy tapada, aunque haga un día con tan buen oraje como hoy y abusa del maquillaje para esconder algo o esconderse ella misma. En fin… la casa es más viaje que Matusalén y en la cocina no cabemos todas al mismo tiempo; por no tener, no tiene ni calefacción que en invierno es una nevera. Dormimos con gorro. Aquí todavía, pero en las dos habitaciones parece que duermes en Siberia. Luego hay un chopo que plantó mi padre y es bien hermoso, doscientos cardos y un cobertizo para la leña. A cama corta, a encogerse de piernas —terminó la María con los brazos en jarra.

Los dos, que estábamos comiendo como limas, de repente paramos y nos disculpamos. No, por favor, sigan disfrutando que se les ve a ustedes con mucha gana y bien lustrosos. La comida está para comerla, no hagan cuentas —dijo alegremente la María. La comida prosiguió con sus vivencias finalizando con un cacho de sandía y un trozo de bollo. Inmediatamente sus hijas recogieron la mesa, fregaron los cacharros y salieron rápidamente de casa hacia la plaza del pueblo donde se juntaban los zagales debajo de los soportales. La María nos invitó a descansar un poco más porque esa noche tocaba una orquesta de alto copete de la provincia de Cuenca (Sensaciones) y no podíamos fallar al festival. Eso sí, os voy a pedir un favor: «Quedan dos días más de festejos populares. Yo os doy sofá y viandas si me terminan de pintar el muro que empezaron ayer que me está resultando muy bonito y muy moderno dándole un aire que no tenía. Parecen ustedes artistas y a mí me gusta el arte». Los dos nos miramos y con la poca voz que nos quedaba por la cazalla y el sueño, dijimos que por supuesto y que quedaría como la Sixtina. Cogimos nuestros petates y cuando nos disponíamos a salir, nos paró la María y ordenó: «¡Pero ahora a descansar para la verbena! Mañana lo haréis mejor». Dejamos los petates, cogimos cada uno su sofá y según la María bajaba la persiana, nosotros caíamos ya en el segundo sueño.

Entraba el crepúsculo por la ventana cuando levantó el ojo Toni y me dio una colleja que rápidamente me puso en pie. Nos duchamos, nos pusimos colonia en el culo y lo menos sucio que teníamos para salir a escape hacia la verbena. Los músicos empezaban las pruebas de sonido cuando vimos a la María haciendo aspavientos para que nos acercáramos. En una mesa apoyada en caballetes de madera se disponía comida y bebida para una boda. Nos invitaron a cenar dando buena cuenta de cada uno de los platos. Dimos las gracias doce docenas de veces y nos dirigimos al bar donde se reunía toda la juventud. De la esquina que daba la vuelta al garito venía un tufo a canuto que no pasaba desapercibido. Zurra que te va y te viene; calada por aquí y por allí y ya empezaban a moverse los pies solos con los primeros compases de la música. Empezaron con El Gato Montés y siguieron con Amparito Roca; sin duda era un gran augurio. Agarramos a varias mozas para sacarlas a bailar hasta que aparecieron de repente las hijas de la María con el mismo punto que nosotros. Creo que me salió el mejor Suspiros de España de mi vida. Me creía un bailarín de primera como Roberto Bolle. Rumbas de Peret mezcladas con cumbias y salsa de Gloria Estefan o Ricky Martin nos llevaron hasta el descanso de la mejor verbena de mi vida. La enésima copa que la sudábamos con un ritmo olímpico de saltos y botes con porro y más porro. El receso duró menos de lo que esperaba mientras veía a Toni de carantoñas con Lola, la mayor de las hermanas. Yo, con muchas menos tablas, me conformaba con hacer reír a la pequeña a carcajadas, lo que sin duda parecía un gran comienzo. La segunda parte de la verbena fue un derroche de energía con canciones de pop y sobre todo rock con versiones de Extremoduro, Reincidentes, los Platero, Ramoncín o los Suaves. Cuando cerca de las cinco de la madrugada tocaron la última pieza pensaba que había corrido una maratón: los músicos dieron el máximo y nosotros no hicimos lo contrario. Me senté exhausto en un bordillo pensando que me tenían que llevar en parihuelas cuando me lanzó la mano Marieta. Vamos a recogernos ya —me dijo sin apenas aliento. ¿Y Toni? —le pregunté. Tu Toni está de arrumacos con mi hermana, así que venga, levanta el hato que estoy muerta —exclamó mientras movía las dos manos. No dije ni pío. Estuvimos charlando unos minutos en el chopo que guardaba la entrada y me dio las buenas noches con un cálido beso en la mejilla. No me lo pensé dos veces… entré en la casa, cerré con todo el cuidado del mundo para no desvelar a la María, abrí la puerta de su habitación, cogí una manta de punto gordo y me fui derecho a mi sofá del salón a dormir la mona no sin antes desearle dulces sueños a la Marieta que me respondió: «Venga bonico a dormirla, copón». ¿Sabes algo de Toni? —le pregunté entre bostezo y bostezo. Tu Toni está en el cobertizo colocando la leña con mi hermana —me respondió. Vale para un roto y para un descosío —le contesté mientras cerraba los ojos recordando una de las mejores noches de mi vida.

Continuará…
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David de la Fuente «Chingu»


David de la Fuente es un escritor conquense y turbo. Licenciado en copla, textos inacabados e intermitentes. Aprendiz del método Karim Tirilov (observatio) y del  Jameson Cunit (inspiratio). Amante de la Literatura, enamorado de la Astronomía, aunque siempre le da calabazas por la dichosa Física, y filósofo cuando está en penumbra o con luna nueva. Desastre en el tiempo. Padre, hijo y Espíritu Santo de Maradona. Lucía Soledad.

Anatomía del desastre

Emilia Lanzas (Foto Francisco Blanco)

Rafael León: 
¿Cuál fue la inspiración detrás de tu libro y cómo surgió la idea para escribirlo?

Emilia Lanzas:
El libro surgió cuando realicé una selección de relatos entre los cuales percibí que había entre ellos un nexo, no en cuanto a temas o tonos narrativos, sino en cierta atmósfera de perturbación. Ese algo que pervive en el subtexto, una especie de latido entre las palabras.

Rafael León:
¿Cómo fue tu proceso de escritura? ¿Tienes alguna rutina o hábito específico que sigues al escribir?

Emilia Lanzas:
El cuento surge en mi cabeza. Lo voy macerando durante un tiempo hasta que necesito escribirlo. Proviene del deseo y de la necesidad.
Mi escritura no procede de la disciplina, en absoluto. Nunca me he sentado ante una página en blanco.

Rafael León: 
¿Qué mensaje o tema principal quisiste transmitir a tus lectores a través de tu obra?

Emilia Lanzas junto a Ignacio Castro e Inés Mendoza durante la presentación de Anatomía del desastre (Foto Eduardo Blanco)

Emilia Lanzas:
Concibo, o quiero concebir, que mis relatos sean como la poesía. La poesía conmueve. También nos ayuda, en cierta forma, a conocernos, a saber quiénes somos.
En cualquier caso, cada uno de los cuentos transmitirá algo diferente. En el libro hay relatos que están escritos de forma —digamos— más académica, con la estructura en tres actos de planteamiento, nudo y desenlace. En cambio, en otros, como «Tristes imbecilidades» (que hace alusión al término que utiliza Louis Aragon en su Tratado de estilo), utilizo la escritura automática. También hay un cuento-caligrama (en el que se visualiza una lanza), y el que da título al libro, «Anatomía del desastre», que está elaborado sin puntuación alguna y compuesto con titulares reales e inventados.

Rafael León:
¿Cómo elegiste los personajes y desarrollaste sus personalidades en la historia?

Emilia Lanzas:
Los personajes me eligen a mí. También deciden lo que debo contar de ellos, aunque lo que surge de esta manera inspirada, después hay que trabajarlo mucho.
Asimismo, muchos de los relatos proceden de mi propia vida, hay bastante de autoficción en el libro.

Rafael León: 
¿Hubo algún desafío particular al que te enfrentaste durante la creación del libro y cómo lo superaste?

Emilia Lanzas:
El desafío es la propia escritura. Corriges, corriges y corriges. Lo lees, lo relees, y lo vuelves a releer. Y lo vuelves a corregir.

Emilia Lanzas durante la presentación de Anatomía del desastre (Foto Eduardo Blanco)

Rafael León: 
¿Qué crees que es lo más importante en un cuento?

Emilia Lanzas:
«Cuenta como si el relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida en el cuento». Esta es una cita del Decálogo del perfecto cuentista de Horacio Quiroga, y que para mí es fundamental.

Rafael León: 
¿Tienes algún consejo para aspirantes a escritores basado en tu propia experiencia?

Emilia Lanzas:
El consejo es el de siempre, ineludible: lee. También —a mí, al menos, me ayudó bastante—acudir a clases de escritura creativa. Y, finalmente, y si lo deseas, escribe. Pero escribe con total libertad. Olvidándote de lo que has leído, de lo que has aprendido, de las técnicas narrativas, de los amigos, de la familia y de los posibles lectores. Escribe como deseas, sin codiciar honores. Rilke indicó el camino: «Entre en sí mismo. Investigue el fundamento de lo que usted llama escribir; compruebe si está enraizado en lo más profundo de su corazón…».

 


Anatomía del desastre se publicó en Madrid el día 15 de febrero de 2024.
Puedes adquirirlo aquí

Escribir la felicidad

José Enrique León

El califa cordobés Abderramán III llevaba las cuentas de su felicidad en un diario y al final de su vida escribió: «He reinado durante más de cincuenta años en victoria o paz, he sido amado por mis súbditos, temido por mis enemigos y respetado por mis aliados. He tenido acceso a riquezas y honores, a poder y a placer, y no parece que ninguna bendición terrenal haya quedado fuera de mi alcance. Al final, he contado diligentemente los días de felicidad pura y genuina que he disfrutado, y en total suman catorce». *

*Cita extraída del libro «La vida en cuatro letras» de Carlos López-Otín.

No sé si esos catorce días de felicidad fueron para el califa lo que el psicólogo Abraham Maslow llamó experiencias cumbre. Son momentos de extrema felicidad y plenitud, caracterizados por gran alegría y realización. Son los mejores momentos del ser humano que permiten sentirse en armonía con uno mismo y el entorno.

Suelen originarse en vivencias intensas e inspiradoras: enamoramiento o vinculación afectiva, contemplación de la belleza de la naturaleza, la música o el arte, la realización de un trabajo creativo, la presencia de bebés, los éxitos y el reconocimiento público, la ayuda altruista, las experiencias trascendentes…

Estos momentos proporcionan beneficios psicológicos duraderos: aumentan la autoeficacia, la confianza social, el compromiso con los otros y la dedicación a una vocación. Cuanto mayor es el bienestar emocional más posibilidades existen de tener experiencias cumbre.

Burton y King (2004) investigaron la escritura de los momentos felices. Las instrucciones que dieron fueron:

«Escribe sobre los momentos más felices de tu vida, intenta situarte allí y escribe sobre las emociones asociadas con esa experiencia que viviste, de forma detallada. Escribe 20 minutos al día durante 3 días consecutivos».

Esta actividad incrementó el afecto positivo de los participantes, que es el grado en que las personas «reconocen e identifican la alegría y el placer de vivir» o «se involucran de una manera placentera con su entorno» (Avia & Vázquez, 2011). La escritura expresiva de los momentos felices proporcionó también menos riesgo de enfermar durante los tres meses siguientes.

Dice mi madre que «recordar es vivir de nuevo» y se recuerda lo que emociona. Como dice el refrán, no vendo consejos que para mí no compro. A modo de ejemplo, voy a contar uno de mis catorce días felices:

Portada diseñada por Pascal Marín

Uno de los momentos de mayor felicidad y plenitud de mi vida fue la presentación de mi libro Cartas para agradecer. El libro relata mis experiencias con una actividad de psicología positiva denominada Visita de Gratitud. Consiste en escribir los motivos de gratitud por alguien importante en tu vida y quedar con esa persona para leerle la carta. Es una experiencia muy gratificante para mí, pues la otra persona no se lo espera y suele deparar momentos emotivos. Según las investigaciones, este ejercicio aumenta el bienestar durante un mes. Una época de mi vida decidí escribir una carta de agradecimiento cada mes para mantener ese estado de felicidad. Cuando leí su carta a Gonzalo Hervás, entonces presidente de la Sociedad Española de Psicología Positiva, me dijo que escribiera un libro, pues probablemente no existiera nadie en el mundo que hubiera escrito tantas cartas de agradecimiento.

Antes de la presentación estaba preocupado por si vendría público. En esos casos, como un ejercicio de optimismo, deseo al universo que todo salga bien y la realidad superó todas mis expectativas. La sala se llenó y hubo que poner más sillas. Estaban allí todos mis familiares y amigos. También muchas de las personas que aparecen en mis cartas para agradecer.

Para empezar, mi hermano Paco, que era el presentador, puso en pie al público mientras sonaban a todo trapo los acordes iniciales de la canción de Rosendo «Prometo estarte agradecido». Se bajó del escenario y empezó a repartir abrazos a diestro y siniestro. Invitó a las personas de la sala, sorprendidas y divertidas, a que se abrazaran. El inicio prometía. Mi hermano hizo una presentación memorable, alegre y cariñosa. Dijo algo sobre mi sabiduría que me tocó el corazón.

Llegó justo a tiempo desde Sevilla para abrir las intervenciones Gonzalo Hervás, que prologó el libro. Habló de la psicología positiva y de los beneficios de mostrar gratitud. Fue un auténtico lujo para mí poder compartir ese momento con un gran referente, por su talla intelectual y por ser una persona excelente.

Después subieron al escenario dos personas que aparecen en el libro. Fue emotivo desgranar nuestra historia en común, mis motivos de gratitud hacia ellas y conocer sus impresiones del momento de leerles la carta de agradecimiento.

Luego vino el turno de preguntas. Mis hermanos habían quedado un rato antes para preparar preguntas hilarantes que repartieron entre el público. Es ya una tradición familiar. Respondí como pude a las preguntas graciosas, pero hubo una que no pude responder. Mis hijas, que estaban vendiendo libros al fondo de la sala, avanzaron abrazadas por el pasillo central. Cuando estaban a unos metros del escenario me preguntaron: «¿qué hemos hecho para tener tanta suerte?». Me embargó la emoción y, a punto de llorar, el público me salvó de contestar con un fuerte aplauso.

Terminamos con la proyección de un booktrailer dirigido por mi hermano Rafa y grabado e interpretado por mis familiares.

Al finalizar los aplausos, Gonzalo mi dijo: «ha sido una presentación perfecta». Muchísimo más de lo que podía haber soñado.

Disfruté un montón dedicando libros a conocidos y desconocidos. Entre ellos un viejo amigo que me dijo: «escribe también tu número de teléfono que no quiero que pasen otros veinte años sin verte».

Ahora, si no tienes nada mejor que hacer, atrévete a escribir tus días felices de forma personal e intransferible. De paso, puedes aumentar tu alegría de vivir y evitar que te acatarres en estos meses fríos de invierno.

 

Economía del lenguaje

Érika M. Tercero Salinas

«Menos es más», «cuanto más breve, mejor», «aligerar el texto», son algunas de las expresiones que, sin duda, todos nosotros escritores hemos escuchado en más de una ocasión. Puede incluso que lleguen a ser provocadoras de dolores de cabeza mayúsculos cuando nos enfrentamos al pulido de nuestro texto. ¿Quiere esto decir que debemos escribir textos reducidos? No exactamente. En muchas ocasiones, perdemos de vista que nuestro texto va dirigido a alguien, es un elemento comunicativo y, como tal, es la línea que va a vincular al emisor y al receptor.  Nosotros, como buenos emisores, querremos expresar nuestro mensaje de la manera que nos resulte más cómoda, pero debemos tener siempre en cuenta que esta manera puede no ser la más natural para nuestro receptor. Esta comodidad descansa en el concepto de economía del lenguaje, que se encuentra en la base de la configuración y evolución del lenguaje humano.

Vayamos por partes.

André Martinet, lingüista francés, definió la economía del lenguaje como la capacidad evolutiva de la lengua de conseguir un máximo poder expresivo con un mínimo de recursos. Para ello, el lenguaje se rige por la ley del menor esfuerzo en todos los niveles de análisis (fonético, morfológico, léxico, sintáctico y textual). Al contrario de lo que pueda parecer, la propia evolución del lenguaje tiene en su base este principio económico. De forma tradicional, la pereza de los hablantes se ha considerado como una amenaza al sistema lingüístico, cuando en realidad es la expresión del propio lenguaje humano, de la necesidad de rapidez y eficacia en la comunicación por parte de sus hablantes. En suma, es lo que lo hace evolucionar. La economía se convierte así en una característica propia del ser humano, sin la cual, estaríamos estancados. Esto lo podemos aplicar a nuestros propósitos con alguna matización.

Partiendo del principio básico de que usamos el lenguaje para comunicarnos, debemos considerar los elementos que integran el acto comunicativo y su interacción. Así, tenemos al emisor y al receptor, que funcionan con una dinámica contrapuesta, ya que ambos luchan por su propia comodidad, lo cual puede llegar a afectar de forma negativa a la inteligibilidad del mensaje. Un mayor acomodo o mínimo esfuerzo del emisor no se corresponde con la misma necesidad en el receptor. Si trasladamos esto a nuestro campo, nosotros, como escritores, debemos tener en cuenta a nuestro lector cuando generamos el mensaje. Si sólo escribimos atendiendo a nuestra necesidad de expresión, puede que el resultado sea un aumento del esfuerzo del lector al encontrarse con una decodificación complicada del mensaje o, incluso, que la comunicación se rompa, produciendo un texto no entendible; lo cual, dicho sea de paso, crea una sensación de frustración y deseo de abandono de la lectura en nuestro receptor, por no hablar del fiasco que sufre nuestro pequeño ego de escritor en formación. Una obra, sea cual sea, se crea para ser leída y entendida, si no en su total profundidad, sí en un nivel que haga que el lector quiera permanecer en nuestra historia. Si esto no se cumple, la obra habrá fracasado para ese lector; la comunicación originada por nosotros, los autores, quedará truncada. Agota Kristof, en Claus y Lucas, utiliza un lenguaje franco, sin rodeos, diáfano, para que el lector no tenga ninguna duda de la empresa tan dura a la que se enfrenta:

«La abuela es la madre de nuestra madre. Antes de venir a vivir a su casa no sabíamos que nuestra madre aún tenía madre.
Nosotros la llamamos abuela.
La gente la llama la Bruja.
Ella nos llama “hijos de perra”».[1]

Hay un enfoque de la economía del lenguaje basado en el procedimiento cognitivo que, de forma natural, sufre el emisor a la hora de elegir lo más económico para su discurso; si en este proceso no se tiene en cuenta al receptor, este se ve obligado a usar mecanismos más complejos de decodificación del mensaje o de reinterpretación, lo cual va en contra de su propia naturaleza, que también busca lo que le resulta más manejable.

Dicho esto, lo más cómodo no tiene por qué ser lo más breve. En algunos casos, una excesiva síntesis conlleva una complicación en el análisis o comprensión del texto. El poema La cabeza del Rawí, de Rubén Darío, muestra cómo la extensión del comienzo engancha a las lectoras sin necesidad de sintetizar; al contrario, la dilatación genera una expectativa aún mayor:

«¿Cuentos quieres, niña bella?
Tengo muchos que contar;
de una sirena del mar,
de un ruiseñor y una estrella;
de una cándida doncella
que robó un encantador;
de un gallardo trovador
y de una odalisca mora,
con sus perlas de Bassora
y sus chales de Lahor.

Cuentos dulces, cuentos bravos,
de damas y caballeros,
de cantores y guerreros,
de señores y de esclavos;
de bosques escandinavos
y alcázares de cristal;
cuentos de dicha inmortal,
divinos cuentos de amores
que reviste de colores
la fantasía oriental.

Dime tú: ¿de cuáles quieres?
Dicen gentes muy formales
que los cuentos orientales
les gustan a las mujeres».[2]

Entonces, ¿dónde está la solución? La solución está en nuestro lector, al que dirigimos todas nuestras palabras. Debemos dotar a nuestra economía lingüística de contexto, de cuerpo; con esto conseguiremos una buena decodificación de nuestro mensaje y que sigamos ligados a nuestro receptor, y él a la historia.

Los escritores podremos querer contar a nuestra manera, con más o menos palabras, con frases más o menos largas, con más o menos adjetivos, pero si no conseguimos conectar con nuestro lector, nuestra identidad de escritores queda anulada. Es difícil tener en mente a un lector modelo o imaginario, ya que el espectro receptor puede llegar a ser inabarcable, pero sí podemos definir algunas características generales que nos hagan de guía para no perdernos. No es lo mismo un público infantil que juvenil, escribir una historia que llegue a amantes del terror o del arte culinario, dirigirnos a madres con hijos en edad escolar o a personas inmersas en sus vidas laborales, misterio o drama romántico, poesía o cuento. Si miramos dentro de nosotros mismos con un poco de atención, la historia que queremos contar hablará por sí sola y nos acotará un poco las características de nuestro futuro lector. Aquí os dejo un ejemplo de decir sin decir, pero que marca el punto de inflexión del relato Cordero asado de Roald Dahl con sencillez y claridad, captando la atención hacia un desenlace fatal, casi recurrente en sus relatos, bien conocido y buscado por los seguidores de este autor:

«Y se lo dijo. No tardó mucho, cuatro o cinco minutos como máximo. Ella no se movió en todo el tiempo, observándolo con una especie de terror mientras él se iba separando de ella más y más, a cada palabra.
—Eso es todo —añadió—, ya sé que es un mal momento para decírtelo, pero no hay otro modo de hacerlo. Naturalmente, te daré dinero y procuraré que estés bien cuidada. Pero no hay necesidad de armar un escándalo. No sería bueno para mi carrera».[3]

Utilizando la economía en función de a quién queramos escribir, le daremos eficacia a la transmisión de nuestro texto. Para conseguir esto, usaremos cualquier herramienta que sirva a nuestro propósito; lo importante es saber que las palabras no deben ser elegidas al azar. Cada palabra cuenta, debe tener intención y crear un todo. Como decía Martinet, «la economía lingüística es la síntesis de las fuerzas en presencia»[4].  Bibiana Collado nos presenta, en el primer capítulo de su Yeguas exhaustas, un extracto del tema principal sin restarle protagonismo a todo lo que viene después, pero dejando bien plantada la semilla de que, si eres una mujer trabajadora, esta, sin asomo de dudas, es una historia que te toca:

«Qué os voy a contar yo de las madres, si todos tenéis una que, aunque os ama infinitamente, a veces se equivoca.
La mía, de eterna clase baja y trabajadora como una mula, se había encargado de transmitirme que una buena mujer es la que rinde igual de bien aunque esté menstruando. Este pensamiento sencillo pero demoledor proviene de un facilísimo paradigma cultural: un pobre no puede permitirse dejar de trabajar o trabajar menos ni un solo día de su vida. Una pobre, menos».[5]

Y ante la duda, «lo bueno, si breve, dos veces bueno»; el refranero pocas veces se equivoca. A no ser que lo que busquemos sea un buen empacho, que también es una opción muy digna. Ustedes deciden, compañeros.

Buena escritura.

Boadilla del Monte, a 15 de enero de 2024
Érika M. Tercero Salinas es filóloga, escritora, redactora y editora en COLEMAN Ediciones.


[1] KRISTOF, Agota, (2019), (2021, 5ª reimpr.), El gran cuaderno, Claus y Lucas, Barcelona, Libros del Asteroide, pág. 14
[2] DARÍO, Rubén, (1979), La cabeza del Rawí, Poesía escogida, Barcelona, Círculo de Lectores, pp. 40-41
[3] DAHL, Roald, (1993), (2012, 19ª edición), Cordero asado, Relatos de lo inesperado, Barcelona, Compactos, Anagrama, pp. 25-26
[4] PAREDES DUARTE, Mª Jesús, (15 de enero de 2024), El principio de economía lingüística, https://revistas.uca.es/index.php/pragma/article/view/10
[5] COLLADO CABRERA, Bibiana, (febrero 2023), (septiembre 2023, 3ª edición), Yeguas exhaustas, Logroño, Pepitas de calabaza, pág. 11

Escribir o leer

Hemos cedido el micrófono a un grupo de estudiantes de la Escuela de Escritores de Getafe y les hemos hecho esas preguntas:

 

«La escritura es esa amiga fiel a la que mandas a la mierda muchas veces cuando os sentáis juntas, pero que si estás cayendo por un barranco te coge del antebrazo, te levanta, te deja en el borde del precipicio a salvo y te reta a que la sigas hasta el infierno. Y lo haces».

Esther Checa

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«A veces he leído para escapar de realidades feas; a menudo, para aprender; para disfrutar, siempre.

Y lo de escribir… pues por la gloria, la fama y el dinero, por supuesto. ¡Ah!, también porque lo paso bien haciéndolo.
(De las cuatro razones anteriores, solo una es verdadera. A ver si adivináis cuál)».

Miguel Gómez

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«Escribir para mí es buscar otras formas de entender el mundo, llegar a otros universos, otras vidas, ser capaz de transmitir de otro modo partes de la vida y hacer sentir algo nuevo al lector.

Y leer me encanta porque me transporta a otras realidades, me olvido de todo y me    mezclo con los personajes y lo que les pasa, me duplico y tengo otros momentos mágicos que disfrutar y compartir con lo que ocurre en el libro en cuestión».

Encarnita

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«Leo para vivir la vida de otros y escribo para manejar la vida de otros».

Rubén de Salas

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«Para mí leer es la caída de una gota de tinta en agua, cada página se expande en la imaginación como lo harían los colores en el jarro, las letras chocan y los párrafos vibran en un aparente caos que cuenta con un sentido solo percibido al final, momento en que las hojas paran de pasar al tiempo que entiendes que tu tonalidad mental ha cambiado.

Mientras, escribir es ese pincel que apoyado en el borde del recipiente sacude ideas sin saber el camino que tomarán estas una vez liberadas».

Cristina Cagüe

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«Leer me produce un inenarrable placer, algo así como la satisfacción que debe sentir un deportista que supera sus propias marcas, o la de la mantis religiosa que finaliza su cópula devorando a su pareja para convertir el acto caníbal (en principio) en un litisconsorte por el gozo de quien come y de quien es comido.
Supongo que es la química en ebullición en mi cerebro izquierdo, «la maldita química» que me secuestra la voluntad cuando estoy enganchada a algo que me resulta placentero: el amor, la música, la pintura, la fotografía, el sexo, la escritura…, y ¡cómo no, la lectura! (Todo lo bueno que siempre pasa en el lado izquierdo del cerebro y de la historia).
Leer fue para una niña inquieta intelectualmente y solitaria como yo, una forma de escapar de la realidad gris familiar para llenarlo todo de colores y de personajes que me dieran vivencias fuera de las cuatro paredes de mi cuarto y me hicieran compañía ante tanto silencio; sus vivencias se convertían en las mías «prestadas»: recorrí mundo en la fragata la Hispaniola gracias a La Isla del Tesoro, tuve hermanas maravillosas con Mujercitas, me condecoraron guardiana del rey en París con Los Tres Mosqueteros, surqué los mares en un ballenero comandado por el capitán Ahab (a quien más tarde hice un guiño en mi cuento dentro del libro Cuentos Voraces, publicado por la editorial COLEMAN) gracias a Moby-Dick, bailé con un león y un hombre de hojalata en un sendero de baldosas amarillas con El Mago de Oz, y tuve mi propio perro Buck gracias a La llamada de lo Salvaje…

No tuve un perro en la vida real hasta los veinte años, ni he montado nunca en una fragata, ni sé desenvainar una espada…, pero en la otra vida, en la vida que me proporcionó la lectura, fui todo lo que quise una y otra vez. ¿Por qué me gusta leer?, porque tuve una abuela que me educó en la importancia de los libros cuando eres niña, eres pobre y tienes el cerebro hambriento. Me decía: «Lee, lee todo lo que yo no pude y más, Mariángeles, es gratis y es el mejor regalo que te puedes hacer. Si sabes leer, sabrás pensar por ti misma». No se me olvidarán nunca sus consejos, los mismos que ahora le repito a mi hijo de catorce años.

¿Por qué me gusta escribir? Porque aquella niña se llenó de tantas experiencias que creó un mundo interior desbordante que necesitaba contar; y no me refiero a contar a otros, que también, me refiero a la necesidad de crear historias donde expresar por el mero gusto de darle forma a los pensamientos. Me resulta muy difícil escribir para otros habiendo leído obras de la literatura tan increíbles (antiguas y modernas), pienso que hay tan buenos escritores y escritoras en el mundo que ¡qué vergüenza la mediocridad propia!

La niña que fui le debe tanto a Robert Louis Stevenson, a Louisa May Alcott, a Alejandro Dumas, a Herman Melville, a Carlo Collodi, a Mary Shelley, a Jack London, y a muchos otros…, que no podría agradecérselo lo suficiente. Pero también a mi abuela y a quienes según fui creciendo me aconsejaron (y siguen aconsejando hoy) qué leer ofreciéndome aventuras que de otra manera, entre las cuatro paredes de mi cuarto, jamás tendría la posibilidad de vivir; ofreciéndome puntos de vista que me hacen una y otra vez desdecirme de mis opiniones (o ratificándolas), moldeando a esta mujer que soy para ser mejor persona.

En resumen: ¡leer es droga química de la buena!».

Ángeles Guindel

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«¿Por qué leo? Porque es la puerta de entrada a otro mundo que habito, imaginario pero tan real y vívido como este que compartimos todos. Muerte solo hay una, pero vidas hay unas cuantas.
¿Por qué escribo? Porque es lo más cercano que conozco a la magia. Con algo tan sencillo como dibujar un garabato en papel puedo poner la imagen de un dragón en la mente de alguien o, en un instante, provocarle rabia o maravilla».

Beto Franco

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«¿Por qué lees?
Es la única manera de disfrutar de un viaje barato con superpoderes incluidos.

¿Por qué escribes?
Nunca pensé que un salvoconducto para la irreverencia me pudiera proporcionar tanto respeto».

Juan Ramón Martín

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«Leo por una necesidad vital. Para encontrar. Lo que sea. También para abstraerme del medio.

Escribo como muro de contención, para que mis mundos dejen de gotear en mi sesera y encuentren, por fin, su espacio».

Esperanza Ferreras

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«No hay placer en la escritura, hay una fecundación mágica, inesperada. Sangre, emoción y un parto doloroso. Y si tienes suerte, que te brillen los ojos al ver tu criatura en brazos de otros».

Carmen Villarejo

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«Creo que leer y escribir son fruto de un mismo anhelo: emocionarse con las palabras de otro. Cuando eres el lector, el descubrimiento es maravilloso. Si eres el escritor y te pones de puntillas puedes tocar el cielo».

B. B.

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«Leer es viajar a un lugar desconocido. Escribir es crearlo».

Anónimo


David Solito

David Solito es editor y corrector en COLEMAN Ediciones.

Puliendo textos

Cuaderno de estilo COLEMAN

Recuerda que tu historia, esa que necesitabas contar, era como una bolsa de la compra vaciada sobre la encimera de la cocina. Para llegar hasta ahí, elaboraste la receta, seleccionaste los mejores ingredientes, trajiste del mercado todo a casa. Sabías que faltaba un último peldaño: cocinarlos. Dos horas o meses después, tenías un manuscrito caliente en tu cazuela.

Llegó el momento de ofrecerlo a tus catadores o lectores beta, y es posible que consiguieses una aprobación por mayoría absoluta, con matices o sin ellos. Lo siguiente fue aplicar todas las sugerencias de tus betas más cualificados, sin denostar a los dorapíldoras, benditos sean, y dejar el guiso a punto para servirlo en restaurantes. En nuestro caso, para presentar tu manuscrito a concursos o editoriales. Volvamos al presente, porque todo eso es pasado y hoy vas a publicar con COLEMAN.

Bienvenido al mundo editorial

Abre tu mente y aparca tu ego; en esta casa nos preocupamos por pulir tus textos y no queremos que lleguen al lector en fase experimental, sino depurados y con todas las certificaciones de calidad. El lector merece disfrutarlos en bandeja, como si fuesen fruta pelada, sin cubiertos, devorarlos con las manos. Si le obligas a comer aguacates o kiwis sin pelar, no vas a quedar bien.

Aunque hayamos seleccionado tu manuscrito como publicable, no va a llegar al escritorio de ninguno de nuestros correctores hasta que leas, releas y comprendas este texto para después repasar y autocorregir el tuyo teniendo en cuenta nuestras recomendaciones. No es plato de buen gusto, pero preferimos la tortilla de patatas sin chorizo, con cebolla y poco hecha. Y los aguacates sin piel. Tampoco publicamos ninguna novela que no incluya una letra «E» en el título y sabemos que estas pueden parecer gilipolleces, pero son las normas de la casa.

El proceso de autocorrección

Recorrerlo te llevará semanas o meses. Respira. Necesitas energía y nosotros te recargaremos las pilas cuando sea necesario. Te asignaremos un corrector que estará siempre a tu lado.

A continuación, exponemos unos consejos a los que denominamos «Cuaderno de estilo». Cuando repases tu obra o, mejor, cuando vuelvas a darle al bolígrafo o a la tecla para nuevas creaciones, procura tenerlos a mano.

1.— Simplemente:

Evita en lo posible, salvo en los diálogos, los adverbios de modo acabados en «mente». Suelen tener cinco sílabas o más, ralentizan el texto y, por lo general, aportan muy poco y es fácil eliminarlos. Pruébalo, no te cortes. Puedes sustituirlos por otras expresiones para mejorar el texto. Decía Gabriel García Márquez en Vivir para contarla:

«La práctica terminó por convencerme de que los adverbios de modo terminados en mente son un vicio empobrecedor. Así que empecé a castigarlos donde me salían al paso, y cada vez me convencía más de que aquella obsesión me obligaba a encontrar formas más ricas y expresivas. Hace mucho tiempo que en mis libros no hay ninguno, salvo en alguna cita textual».

Te damos algunos ejemplos de sustitución sencilla:

Actualmente: hoy en día; excesivamente: demasiado; indudablemente: sin duda; simplemente: este cárgatelo sin pudor; inicialmente: al principio; finalmente: para terminar; lógicamente, como es lógico; antiguamente: antes, claramente: con claridad (pero mejor elimínalo); evidentemente, es evidente que; frecuentemente: a menudo, con frecuencia; lentamente: poco a poco; naturalmente: claro que; recientemente: hace poco; rápidamente: deprisa; permanentemente: siempre; necesariamente: a la fuerza; literalmente: al pie de la letra, palabra por palabra; principalmente: sobre todo; únicamente, solamente, exclusivamente: solo, nada más; periódicamente: a menudo, de vez en cuando; completamente, definitivamente, totalmente: del todo, por entero; provisionalmente, momentáneamente, eventualmente: de momento; obviamente: este mejor ni lo uses; ya se encargan de repetirlo hasta el empacho tus cuñados.

2.— Magnífico tropezón:

En la lengua española la norma es que el adjetivo vaya detrás del sustantivo, salvo en los posesivos, demostrativos o numerales como «mi gato», «ese gato» o «tres gatos», u otros que cambian el significado de la oración, como «viejo amigo» vs. «amigo viejo», «pobre hombre» vs. «hombre pobre» y «buenos días» vs. «días buenos». Aparte de estos usos, los adjetivos antepuestos son un recurso muy poderoso que puedes usar cuando la narración necesite un aporte lírico o cuando el adjetivo sea más importante que el sustantivo. Salvo excepciones, cuando abusas de este recurso lo desvirtúas y el texto puede llegar a ser empalagoso.

Léase:

 «La gran avenida estaba abarrotada de viejos vehículos con ruidosos motores que producían una hedionda atmósfera».

 Contra:

«La avenida estaba abarrotada de vehículos viejos con motores ruidosos que producían una atmósfera hedionda».

¿A que la segunda versión toca mucho más el suelo? No intentes volar tan alto; frente a la primera, la segunda composición es una pasada en vuelo rasante.

Recuerda que habrás tenido la experiencia de leer novelas infumables saturadas de adjetivos antepuestos como resultado de una traducción deficiente, por lo general, desde el inglés. Seguro o casi seguro que la novela no era mala, sino mal traducida, pero la arrojaste por la ventana porque consideraste que el autor no escribía bien. La traducción es un arte; no cualquiera lo sabe hacer bien aun siendo bilingüe.

Os dejamos enlace a un artículo de la Escuela de Escritores que trata los puntos 1 y 2:

https://escueladeescritores.com/blog-adjetivos-antepuestos-y-adverbios-acabados-en-mente/

3.— Maquetador en crisis.

Nunca intentes maquetar tu trabajo en tu procesador de textos; los maquetadores que se encargan de ello agradecerán que ni lo intentes. Así que, mejor envía tus manuscritos en texto plano o sin formatear. A continuación, ponemos algunos ejemplos que hacen sudar a nuestros maquetadores:

a.— Sangrías.

Una sangría de primera línea no es ocho o diez espacios en blanco que el maquetador deberá eliminar miles de veces, sin exagerar, en cada manuscrito. Define en tu procesador de textos un estilo que automatice este proceso o mejor no hagas nada.

Esto es lo que ves tú:

Este es mi primer párrafo y lo voy a dejar muy bonito para que sea muy fácil de leer.
Este es el segundo. Lo de la sangría es genial y queda muy chulo.

Y esto lo que ve el maquetador:

………………Este.es.mi.primer.párrafo.y.lo.voy.a.dejar.muy.bonito.para.que.sea.muy.fácil.de.leer. ↵
………………Este.es.el.segundo.Lo.de.la.sangría.es.genial.y.queda.muy.chulo. ↵

b.— Salto de página.

Para pasar de página no debes dar dieciocho veces a la tecla [↵], sino (en Word, por ejemplo) usar [Ctrl + ↵]. Como lo que quieres es contar historias, deja que los maquetadores hagan su trabajo y limítate a poner en mayúsculas el título del siguiente capítulo. No podemos ilustrar lo que ves tú vs. lo que ve el maquetador porque ocuparía varias páginas.

c.— Comillas inglesas y latinas.

Esto son comillas inglesas: “”.
Esto son comillas latinas: «».

Una buena maquetación en lengua española utilizará siempre las latinas. Te recomendamos, por la salud de nuestros correctores, que las uses siempre. Aquí dejamos un artículo de FundéuRAE que amplía este aspecto y te indica cómo usarlas desde los diferentes sistemas operativos:

https://www.fundeu.es/recomendacion/comillas-uso-de-este-signo-ortografico/

Si tienes en cuenta estos aspectos tan sencillos, facilitarás la vida a tus lectores y no atormentarás a nuestros correctores y maquetadores.

En próximas entradas abordaremos más temas como: «Las cacofonías: esa música en la que nunca reparaste, pero no paras de tararear».

Salud

Presentación de Todos los días eran buenos Vino a por letras

Compra en AmazonMapa en Google MapsDescarga la ficha técnica de El hombre espectro

Lugar: Espacio Mercado Getafe
Dirección: Pl. de la Constitución, 5, 28901 Getafe, Madrid
Moderado por: Ruth León

Sinopsis:

Todos los días eran buenos es una biografía parcial que recoge los sucesos positivos de la vida de Dolores Santos García. En estas páginas podrás encontrar una vida llena de buenos momentos. Loles rememora, desde su infancia a su madurez, las anécdotas y vivencias del pasado que le hicieron sentirse bien. Este libro es un ejercicio de reminiscencia donde la protagonista revisa su vida al final de un largo viaje. Es una mirada a vista de pájaro, como cuando escalas una montaña y te detienes en la cumbre a contemplar los lugares más hermosos del paisaje recorrido. Loles ha vivido una buena vida, sabiendo resistir la adversidad que encontró en el camino, hasta convertirse en una nonagenaria que todavía conserva intacta la alegría de la niña que un día fue.

El autor:

José Enrique León Santos (Puente Genil, 1963) Licenciado en Psicología y experto universitario en emociones positivas. Publica en 2015 la primera edición de Todos los días eran buenos y en 2018 Cartas para agradecer. Interesado en divulgar intervenciones psicológicas que aumentan el bienestar, desde 2019 imparte cursos de psicología positiva dirigidos a personas mayores. Entre 2012 y 2014 firmó un centenar de artículos en los periódicos locales Getafe Capital del Sur y Más Aranjuez acerca de la Psicología Positiva, que es la ciencia que estudia las cosas que hacen que la vida merezca la pena. Esta segunda edición de Todos los días eran buenos amplía contenidos con nuevos textos y una propuesta metodológica para realizar una entrevista de sucesos de vida positivos con personas mayores.